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‘La Traviata’ del distanciamiento

Se esperaba mucho de la soprano Marina Rebeka, que no defraudó. Compuso una Violetta madura, nada inocente, elegantísima, más trágica aún porque desde el principio sabe que su amor con Alfredo está condenado. Exhibió una voz limpia, segura, rotunda, con una expresividad sin fallos tanto en los virtuosismos del primer acto como en los acentos veristas del final.

‘La Traviata’ del distanciamiento

 

02 / 07 / 2020
José María Marco

 

El arranque de esta Traviata excepcional, que devolvía a la vida al Teatro Real, recordó un poco al Don Pasquale después del 11-M, con un minuto de silencio denso en memoria de las víctimas de la Covid-19 y una fiesta en casa de Flora que parecía un funeral por el color de los trajes del coro y la desnudez del escenario. Y, sin embargo, el primer compás de la obertura, aéreo, inmaterial, con unas cuerdas que evocaron como nunca la gloria y los desastres del amor, sugirió que nos encontrábamos ante otra cosa.  

“El trabajo de Nicola Luisotti y la Orquesta Titular del coliseo madrileño fueron espléndidos de sonido, ajuste, variedad de matices, expresividad e inteligencia” 

El pronóstico se cumplió y el público asistió a una de las producciones de la ópera de Verdi más finas y más hermosas que se puede imaginar. El trabajo de Nicola Luisotti y la Orquesta Titular del coliseo madrileño fueron espléndidos de sonido, ajuste, variedad de matices, expresividad e inteligencia, como cuando en el “Amami, Alfredo!” los profesores del foso (ampliado para la ocasión, por motivos de distancia interpersonal) dijeron lo que Violetta, irremediablemente enferma, no puede ya decir.  

Se esperaba mucho de la soprano Marina Rebeka, que no defraudó. Compuso una Violetta madura, nada inocente, elegantísima, más trágica aún porque desde el principio sabe que su amor con Alfredo está condenado. Exhibió una voz limpia, segura, rotunda, con una expresividad sin fallos tanto en los virtuosismos del primer acto como en los acentos veristas del final.  

Como Germont, y quizás también porque el papel en principio estaba destinado al gran Plácido Domingo, el barítono Artur Rucinski exhibió dominio y autoridad aunque, en ciertos momentos, también alguna carencia en el registro más grave. Su espléndida rendición de “Di Provenza”, de las más hermosas que sea posible escuchar, con un pianísimo final interminable y demoledor, barrió todos los reparos. Con Rebeka, Rucinski fue el gran triunfador de la noche.  

Como Alfredo Germont, lo mejor de la interpretación del tenor Michael Fabiano, dueño de un instrumento rotundo, llegó con la cabaletta “Oh mio rimorso”, sublime, algo que los verdianos auténticos le agradecieron.  

El Coro Titular estuvo magnífico en todas sus intervenciones, en particular en la escena de los toreros madrileños, y todos los comprimarios cumplieron de sobra: un auténtico lujo, la presencia de Sandra Ferrández, Marifé Nogales, Albert Casals, Isaac Galán, Tomeu Bibiloni, Stefano Palatchi… 

La obra se anunciaba como semiescenificada, con Leo Castaldi como responsable del concepto escénico y el coro ubicado en escena. La acción, con los personajes con trajes intemporales del siglo XX y de movimientos limitados a una cuadrícula, transcurrió delante y mantuvo durante toda la función la tensión dramática. Nadie echó de menos la pretenciosa y aburrida puesta en escena prevista antes de la pandemia. La cerrada y muy emocionada ovación final, la más impresionante que se ha escuchado en el Real moderno, culminó una velada que era también el reencuentro del teatro con su público y la señal de que la vida volvía a Madrid.  

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